martes, 4 de noviembre de 2008

Con mis padres (1/2-nov) 2 de 2

[Como en los viejos tiempos, 4 post nuevos. Recordatorio: éste no es el primero, empezar más abajo. Noticias actuales: según los cálculos del pavo de Alice, dentro de una semana tendré internet. Que todos los santos disponibles lo oigan. Por lo demás todo bien. Una felicitación: en los últimos 4 post comentásteis en los 4, no todo el comentario en el último. Mucho mejor ;)]

El sábado pensábamos ir al mercadillo del río, pero justo cuando íbamos a salir de casa me llamó María. Tenía cartas.

Una era de T-Mobile. No se entendía nada, y ni siquiera supe entender el sentido de la carta, por ver si tenía que hacer algo, o simplemente era de bienvenida… Ni idea. Eso sí, acababa con “gruβen”, como todas las oficiales.

La otra era del banco. Me mandaban el TAN, la tabla con códigos para cuando haces operaciones a través de internet. Poco a poco iba consiguiendo las cosas.

Le dije a María que nos íbamos al mercadillo y me comentó que ya no se hacía en el río. Desde el 1 de noviembre, después de un montón de años, iba a hacerse una semana sí y otra no en otro lugar. Perfecto, un plan menos.

Nos dedicamos a seguir ordenando trastos, y luego nos fuimos al mesón “La paella”. Sí, un mesón español en el que sólo hablan alemán y siempre está el “Carácter Latino” de fondo. Me pedí unas chuletillas de cordero, y cuando vi la pinta buenísima que tenían, me las comí de unas maneras que sólo me faltó decir “unga-unga”. Mi madre ya se dio cuenta y dijo que no recordaba haberme visto comer así nunca.

No es que pase hambre, pero desde luego ahora aprecio mucho más las buenas comidas.
Tras el empacho, una pequeña siesta, y a continuación bajamos al piso de María, para que conociese a mis padres. Me puso por las nubes (María), diciendo que estaba muy contenta porque no consumía drogas. Qué crack la señora. Me imagino que pensaría que sólo iban a querer su buhardilla drogatas, y llegué yo, todo sano y elegante. Qué cosas.

Para culminar el día, cogimos el metro hasta Nintendo. Les enseñé lo que se puede ver, o sea, nada. Puedo entrar al edificio, subir a la planta de Nintendo y ver a través de los cristales los pasillos, pero no puedo entrar, lógicamente.

No obstante, para cuando vengáis, sí que se pueden ver los dibujos de Super Mario en las paredes y el Tingle Café, que es una de las zonas de descanso (donde están las consolas que algunos frikis utilizan).

Acabamos la visita en el Rewe de abajo. Vieron las mesitas en las que paso media hora al día, y seguimos con nuestras compras. Había que comprar un cubo de fregar, porque yo compré uno que sólo valía para un tipo raro de fregona (flipa). Y menos mal que se dio cuenta mi madre, porque si no habría que ver mi cara al intentar escurrir la fregona. Pero ese día no llegó.

Siguieron los bricoconsejos: “estos limones son muy buenos”, “aquí los plátanos están más baratos que en el Aldi”, “estos mismos platos estaban en el Woolworth por 20 céntimos menos”.
Al respecto de los precios, creo que las amas de casa (al menos de mi madre) tienen un octavo sentido que algunos no conseguiremos ni con decenios de entrenamiento. Yo ya estoy en un momento en Frankfurt en el que para algunas cosas ya no tengo que comprar por comprar, sino que puedo mirar en varios sitios y ver dónde son mejores o más baratas. Conozco bastantes sitios y como mínimo por dos, paso todos los días. Pues aunque lo intento, no me preguntes ahora cuánto vale un kilo de tomates en el Rewe o uno de mandarinas en el Tengelmann. No puedo.

Sin embargo mi madre, tras un día y medio en Frankfurt, sabía los precios aproximados en Alemania de los alimentos básicos, y a partir de ahí era capaz de memorizar un montón de diferencias. Aún estoy flipando.

Antes de irnos a mi piso, pasamos por Hauptwache a comprarme una cámara de fotos. La que tengo ya hacía tonterías en España, luego se le pasaron y ahora las vuelve a hacer. Y no hay cosa que más fastidie que intentar hacer una foto y que no te salga. Se han perdido algunas buenas por eso, así que les convencí para que me regalasen una. Ángel, es una Nikon Coolpix de 10 Mpx, 140 €.

Por la noche, en casa, reventados ya, mi madre me enseñó a preparar un arroz a la cubana con sofrito de ajos y taquitos de jamón y con huevos duros. Para chuparse los dedos.

El sábado ya no les tuve que acompañar a su hotel. Ahí entra mi padre, a quien duros años de entrenamiento le han valido para orientarse muy bien con un mapa y poco tiempo. Desde mi casa se fueron solos.

El domingo ya sólo quedó tiempo para acabar de vaciar las maletas y enseñarme a hacer un caldo con fideos y carne. También para chuparse los dedos. Espero haberlo asimilado.

Me he dejado (sorry), que el sábado también solucionamos el tema de la lavandería. Llevamos mi ropa y tras mucho esfuerzo leyendo instrucciones el alemán y la inestimable ayuda de una joven alemana, logramos lavarla y secarla. Me va a salir el lavado por 3.50€ y el secado entre 0,50 y 1€. No está mal.

Vuelvo al domingo. Antes de salir hacia el aeropuerto, aún quedó tiempo para planchar. Me di cuenta de que los fundamentos que me explicó mi madre en Logroño no habían cuajado al 100%, así que dimos unas clases de repaso general.

Os aseguro que cuando tienes que planchar tú mismo, no dejas una camiseta en una silla y luego te apoyas en ella. Ese tipo de errores ya no se cometen más. Bueno, ya sé que no soy el único que se plancha la ropa de los que leéis el blog, pero como comento todo lo que hago por aquí…

Con mucha pena, dejé a mis padres en el aeropuerto. Muchos más tranquilos, eso sí, después de ver mi piso, las distancias, el barrio, a María… Y Frankfurt les encantó. Eso es importante, que los padres estén tranquilos.

De vuelta en casa, a organizar todo para una nueva semana aquí, y a cenar buenos alimentos viendo uno de mis programas favoritos: “Achtung kontrolle”. Aquí un equipo documental va con diferentes tipos de policías haciendo un montón de controles. Me encanta. Sin ir más lejos, el domingo entraban en casa de un adolescente (lo que no sé es quién dio el aviso, o por qué entraron, hasta ahí no llega mi alemán) y tenía la habitación llena de plantas de marihuana, y cuando entran, estaba todo “fumao” y se empieza a echar unas risas y a grabar a los polis con el móvil. Os podéis imaginar el parto de caja :)

Otro tema, vaya obsesión tienen aquí con el chocolate (el dulce). Las secciones en los supermercados son casi tan bestias como las de salchichas o cerveza. No puedo decir que estos tres temas sean tópicos. Son verdaderamente ciertos.

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